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Monday, February 12, 2018

Letters in Books: Lo bello y lo triste

Continúa mi exploración de la literatura japonesa y en concreto de los textos de Yasunari Kawabata 川端 康成 (1899-1972), receptor del Premio Nobel 1968 y autor de más de doce mil páginas de cuentos, novelas y artículos. Un hombre cuya escritura me fascina. Ya os contaba algún detalle de Mil grullas en una anterior entrada

Después de ése  seguí con los otros libros que tenéis a vuestra disposición en la Biblioteca Pública Ánxel Casal: Historias de la palma de la mano (2008) y Lo bello y lo triste (2009). El primero es una colección de textos brevísimos y desasosegantes, irracionales. Kawabata dijo de ellos que eran "el espíritu poético de [su] juventud, que fluyeron de [su] pluma con espontaneidad". 

Buscando la esencia del hombre que se suicidó a los setenta y dos años de edad sin una nota que explicase las razones de su decisión, el siguiente libro (el último publicado por Kawabata) fue Lo bello y lo triste, en el que el autor de nuevo manifiesta su destreza para capturar momentos de vida conjugando sutileza y brutalidad y abordando temas universales como el amor, los celos, la venganza y la manipulación.

Los propios títulos de los capítulos son pequeños poemas de vida: Campanas del templo; Primavera temprana; La Festividad de la luna llena; Un cielo cargado de lluvia; Un jardín rocoso; El loto en llamas; Mechones de pelo negro; Pérdidas estivales; El lago.


Ambientada en Tokio en 1964, es una novela que oscila entre las dos categorías que indica el título.  La belleza de un entorno calmado y pintoresco: los jardines de piedra, las montañas de Kamakura, las orillas del río Kamo. La belleza que destila un cuadro o un cuerpo femenino y joven. La belleza del misterio, de lo que no se dice y que se infiere del silencio.

"[el quimono] hacía resaltar su turbadora belleza. Además había algo juvenil en la decorativa armonía de colores y en las variadas formas de los pájaros. Hasta los copos de nieve parecían estar danzando" (p.32)
"En el extremo superior de la tela había pintado una peonza roja. Era una vista de frente de la flor, en un tamaño superior al natural, con pocas hojas y un único pimpollo blanco en la parte inferior del tallo. En aquella flor enorme creyó ver el orgullo y la nobleza de Otoko" (p.47)
"Un campo de té restellante de juventud. Al principio he creído que simbolizaba un corazón en llamas" (p.81) 

"¡Es un arco iris! Un arco iris incoloro... simplemente líneas curvas en tinta clara y oscura. Nadie se da cuenta pero estoy envuelta en un arco iris de verano... en un atardecer de montaña" (p.153)

Por otro lado, la tristeza que sobreviene tras las emociones turbulentas y los recuerdos lacerantes. La tristeza que resulta del dolor que ocasionan la culpa, el trauma o los celos.

"El derecho me hace sentir triste (....) No sé. Quizá porque mi corazón no está de ese lado (...) Quizá el cuerpo de una chica tenga algo de defectuoso. E incluso el hecho de perder ese defecto puede hacerla sentir triste" (p.197)

"Pero quizá fuera su melancólico verde y las melancólicas sombras crepusculares de las hondonadas lo que había provocado su dolor" (p.60) 

Como es habitual en sus historias, traza múltiples triángulos amorosos: Oki, Keiko, Fumiko, Taichiro, Otoko. 

¿Qué ocurre? ¿Existe una aceptación, comprensión o represión de los hechos, de los recuerdos? No lo sabemos. Kawabata nos ha engañado con una prosa elegíaca, clara, pura y aparentemente transparente y sencilla. Las mismas cualidades que poseen las cicatrices emocionales de los personajes.

El elemento de discordia es Keiko, una sociópata rota, masoquista, manipuladora, impulsiva, pasional, bella, depredadora y frágil a la vez. El yin y el yang. Tan contradictoria como sus dos pechos. Nadie la entiende de verdad. Ni siquiera nosotros mismos, que intentamos descifrar su papel en la novela y caemos rendidos ante su ambigüedad tormentosa y abrupta. 

¿Cómo puede una novela de triángulos amorosos no ser tópica ni caer en moralismos? Porque Kawabata los maneja de manera intrincada, añadiéndoles una capa de profundidad y resonancia psicológica al enlazarlos con los temas de la identidad y la memoria. Además, los toques sutiles de la prosa nos arrastran en una corriente de florecimiento poético y al final, como Taichiro, quedamos enredados en la seda de araña que nos ha ido envolviendo con suavidad durante el relato. 
"El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos tramos y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos, pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo" (p.169)
"Las palabras cambian con tanta rapidez que uno experimenta vértigo. Por eso su vida es muy breve, y aunque sobrevivan se vuelven obsoletas... como las novelas que escribimos" (p.141)
"Un día, mientras escribía una carta, Otoko abrió el diccionario para consultar el ideograma "pensar". Al repasar los siguientes significados (añorar, ser incapaz de olvidar, estar triste) el corazón se le encogió. Tuvo miedo de tocar el diccionario... Incluso ahí estaba Oki. Innumerables palabras se lo recordaban. Vincular todo lo que veía y oía con su amor equivalía a estar viva. La conciencia de su propio cuerpo era inseparable del recuerdo de aquel abrazo" (p.166) 

Monday, December 25, 2017

Letters in Books: Mil grullas

No conozco apenas nada de la literatura japonesa, exceptuando a Kazuo Ishiguro, Haruki Murakami, Aki Shimazaki y alguna colección de poesía clásica o haikus. Os invito a dejar vuestras sugerencias en los comentarios de esta entrada. ¿Qué títulos recomendáis? Me gustaría adentrarme más en esta literatura tan rica, sobre todo después de descubrir a Yasunari Kawabata 川端 康成 (1899-1972).

¿A quién no le gusta cotillear un poco sobre la experiencia vital de los autores? Aquí tenéis una breve biografía proporcionada por Planeta de libros:

Huérfano a los tres años, insomne perpetuo, cineasta en su juventud, lector voraz tanto de los clásicos como de las vanguardias europeas, fue un solitario empedernido. Escribió más de doce mil páginas de novelas, cuentos y artículos, y es uno de los escritores japoneses más populares dentro y fuera de su país. Mantuvo una profunda amistad con el escritor Yukio Mishima, del que fue su mentor y difusor. Recibió el Premio Nobel de Literatura en el año 1968. Entre sus obras, muchas de ellas marcadas por la soledad y el erotismo, destacan La bailarina de Izu, El maestro de Go, Lo bello y lo triste(Emecé, 2001), Mil grullas (Emecé, 2005), País de nieve (Emecé, 2007), El rumor de la montaña (Emecé, 2007) e Historias de la palma de la mano (Emecé, 2008). Kawabata se suicidó a los setenta y dos años.


La novela que me acercó al autor es Mil grullas (千羽鶴 Senbazuru)(2016), traducida por María Martoccia. Un libro que merece ser leído con lentitud, paciencia y atención.

Es una narración predominantemente subjetiva, coloreada por un tono emocional, nunca intelectual ni moralista, y creo que por eso conserva su carácter universal. En cinco episodios ("Mil grullas", "Árboles en el sol de la tarde", "Shino decorado", "El lápiz de labios de la madre" y "Estrella doble") se nos presenta un triángulo de mujeres cuyos vértices se van moviendo, con el joven Kikuji como elemento vertebrador.

La trama gira en torno a la ceremonia del té, donde los propios objetos (tazones, jarras, teteras y servilletas) se irán convirtiendo, según avanza la historia, en símbolos de las pulsiones caóticas Eros Thanatos de los personajes. La culpa, el dolor y el deseo forman los vértices de este otro triángulo emocional. Así, el tazón de la amante del padre de Kikuji pasa a manos de otra amante, que lo usa para servir al hijo, convirtiéndose en un cáliz envenenado.

"La servilleta de té, a tono con la muchacha, era roja e impresionaba menos por su suavidad que por su lozanía, como si de la mano de la muchacha floreciera una flor roja" (pp.26, 27)

"La jarra para el agua y el medidor de té habían pertenecido al padre de Kikuji, pero ni él ni Chikako mencionaron el hecho" (p.27)

"Kikuji miraba el florero en el que había dispuesto sus flores; era la jarra para el agua de la ceremonia del té" (p.71)

"Kikuji sacó los tazones y otros utensilios para el té de unas cajas del rincón. Recordó que la noche anterior la joven Inamura los había utilizado, pero los sacó de todas maneras" (p.63)

"Ella se inclinó para levantar el medidor de té de bambú y una lágrima humedeció el borde de la tetera" (p. 63)

"Fumiko llevó dos tazones sobre una bandeja. Eran de forma cilíndrica, un Raku rojo y un Raku negro" (p.77)

"Mientras miraba la pieza maestra que era, sintió intensamente la pieza maestra que había sido la señora Ota. En una pieza maestra nada es impuro" (p.131)

La ceremonia y el ritual llenan nuestros sentidos, como los de los personajes, y nos sobreviene la languidez soporífera de un sueño. Los diálogos son cruciales, pero también lo son los actos y los gestos de cada uno, cargados de complejidad. Se oscurece el significado y se dificulta la comunicación, desembocando en una angustia mental  que acaba en muerte.

"Recibí una carta suya después de la muerte de tu padre. Yo lo extrañaba muchísimo, me sentía muy sola" (p.33)

"Cuando comenzamos a sentir responsabilidad y remordimientos, hacemos que la muerte parezca algo sucio. Los remordimientos y las dudas tan sólo consiguen que la carga sea más pesada para quien ha muerto..." (p.76)

La grulla en la cultura japonesa es un símbolo de longevidad y buena suerte. Si haces miles de ellas con papel de origami, un deseo se hará realidad. Pero en la novela nada se cumple, sólo tenemos a un grupo de personajes solitarios y desorientados. Y ni la ceremonia del té, el arte o la literatura, pueden darles un mundo mejor. 

La narrativa de Kawabata es meliflua y exquisita. Nada sobra. Es un maestro en el curioso ejercicio de reducir textos extensos a "relatos del tamaño de la palma de la mano" (p.8). Con una pincelada de un granado, un duraznero, unas azaleas o un trueno, condensa una estación, crea una atmósfera y evoca un sentimiento. 

Es ese poder evocador el que me tiene fascinada, en cada página crees percibir un grito de desesperación, pero jamás se le da voz, tienes que buscarlo entre las líneas de los diálogos, adivinarlo en los gestos de los personajes y, cuando crees que lo tienes, guardarlo en el bolsillo. Si has custodiado bien todos esos gritos ahogados, cuando llegues al vertiginoso final podrás componer la historia.

Para saber más:
  • Texto en español de la conferencia que Kawabata dio en Hawai en 1969: "La existencia y el descubrimiento de la belleza". Es brillante, merece una lectura.