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Thursday, September 1, 2016

Letter from Elena Poniatowska to Her Mother


El País publicaba recientemente en su columna "Carta Blanca" la siguiente conmovedora epístola de Elena Poniatowska (1932), narradora y ensayista mexicana de origen francés, a su madre. A continuación reproduzco el texto de la columna en su integridad.

Además, entre sus obras se encuentra Querido Diego, te abraza Quiela, que recrea de modo epistolar el vínculo amoroso que existió entre el talentoso muralista mexicano Diego Rivera y la pintora rusa Angelina Beloff. Añadido queda a la lista de "Pendientes de leer".

Fuente: http://elpaissemanal.elpais.com

QUERIDA MAMÁ

Siempre será una “niña enamorada de su madre”. Todavía hoy, a sus 84 años, la mexicana, premio Cervantes 2013, extraña el perfume que anticipaba su beso de las buenas noches.


Escribo con un nudo en la garganta. Lo mismo haría si el español fuera mi idioma materno. No es para tanto –me digo–, pero sigo escribiendo con un temblor cardiaco. Desde niña, a los seis o siete años copiaba las letras del alfabeto temblando de miedo. Manchar el cuaderno con una gota del tintero encajado en el pupitre escolar era una deshonra. Las letras salían picudas y tembeleques. Pero quien más me hacía temblar eras tú cuando aparecías a las ocho a darnos el beso de las buenas noches.

Te precedía tu perfume, luego el sonido de tu vestido barriendo el piso. Cuando te inclinabas sobre la cama se me venían encima tus pechos blancos como la leche, tu pelo castaño como el Bois de Boulogne, tus labios muy llenos, tus ojos de azúcar quemada. “¡Que duerman con los angelitos, niñas!”, reías. Un minuto después habías desaparecido.


En París, entre los treinta y cuarenta, los franceses giraban en una ronda de cenas, desfiles de alta costura, recepciones, conciertos, encuentros en cafés en la acera, ajenjos verdes como los de Van Gogh. Nunca dejaron de bailar sobre el volcán hasta que estalló la guerra. Mamá, escribiste: “Después de haber dejado sola a Polonia, las dos grandes potencias Francia e Inglaterra por fin le declararon la guerra a Alemania, el 3 de septiembre de 1939. Más tarde supe que el embajador Julio Lukasievicz en una entrevista tormentosa con Daladier le comunicó que le quedaban dos horas para salvar el honor de Francia”. Vestida de Schiaparelli, aparecías en el Vogue. Tú y yo girábamos aturdidas en otra ronda, la de una niña enamorada de su madre. Como a ti te querían tantos, te parecía normal que yo te quisiera más, por eso, a veces ni me veías como no se ve a lo que siempre está ahí.

Durante la guerra, Paula Amor de Poniatowski condujo una ambulancia. Se enroló en la Section Sanitaire Automobile Féminine SSA que pertenecía a la Cruz Roja y presentó tres exámenes: el de mecánica, el de auxiliar médico y el de topografía y orientación. Manejó una camioneta Matford que servía también para transportar heridos. Salía al alba y en su primer viaje recorrió 1.350 kilómetros para llevar alimentos a Alsacia. En la noche tenía que conducir con los faros apagados y recuerda haber llevado a una mujer que le dijo que no se iba sin su máquina de coser y su olla llena de sopa de lentejas. En Cayeux, subieron a su camioneta unos 10 ancianos tan malhumorientos y quejumbrosos que no le inspiraron simpatía, solo temían que los alcanzaran “les boches”. En cambio, un burrito abandonado a medio campo bajo las bombas le dio tanta compasión que lo subió a la camioneta y lo dejó en casa de un campesino.

La guerra de mi padre es otro cantar. Atravesó los Pirineos a pie y lo encarcelaron en Jaca. Los franquistas lo cacharon saludando: “¡Viva salaud!” en vez de “¡Viva Franco!” y lo obligaron a limpiar letrinas durante los tres meses de su prisión. “Tenía yo mierda hasta los codos”. Es un héroe, pero de él hablaré en otra ocasión, claro, si me lo permiten.

Nunca estuve segura del amor de nadie pero del suyo sí, el de mis padres. Ahora que ya no sé si mi pluma es una excusa o una soga al cuello, cómo quisiera escribir sin miedo. Todavía hoy, a los 84 años, extraño el perfume que precedía tu entrada y tu beso de las buenas noches y le pido al ángel de la guarda que te regrese.


Wednesday, March 30, 2016

Letters in Books: Frida

¿Quién no ha sentido fascinación por la figura de la pintora y poetisa mexicana Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón (1907-1954), más conocida como Frida Kahlo

Los que la conocieron recuerdan sus ojos oscuros, voz bronca, risa a carcajadas, ropa llamativa, su carácter de sacerdotisa rebelde, viva, cáustica, impulsiva, alegre. Los que no la conocimos, nos perdemos en sus cuadros: pequeños pero intensos, francos, íntimos, magnéticos. 


En mi caso, debo agradecer a mi hermana Raquel Pastoriza el haberme introducido a la obra de esta extraordinaria artista, y a Patricia Fernández el regalarme un libro, Frida: Una biografía de Frida Kahlo (2006), de Hayden Herrera, que me desveló la parte más íntima de Frida como mujer a través de sus experiencias vitales, diarios, fotografías y cartas.

Por supuesto, hablaremos de sus cartas en esta entrada. El libro de Herrera  indica que el supuesto de que Frida se enamoró locamente de Diego Rivera durante sus años en la preparatoria forma parte de su mito, y de hecho su novio durante este período fue Alejandro Gómez Arias, con quién intercambió cartas en sus períodos de separación. En ellas describe sus emociones con una franqueza sorprendente para una adolescente, y se refleja su impetuosidad en el ritmo de su lenguaje, un flujo de palabras rara vez contenido por comas, puntos o párrafos. Para muestra, un botón:

Álex:
(...) Yo que tantas veces soñé con ser navegante y viajera! Patiño me contestaría que es one ironía de la vida. ¡Ja ja ja ja! (no te rías). Pero son sólo 17 años [en realidad, 19] los que me he estacionado en mi pueblo. Seguramente más tarde ya podré decir ... Voy de pasada, no tengo tiempo de hablarte... [Aquí apunta un compás con siete notas musicales]. Bueno, después de todo, el conocer, China, India y otros países viene en segundo lugar... en primero, ¿cuándo te vienes...? Espero que sea mucho muy pronto, no para ofrecerte algo nuevo pero sí para que pueda besarte la misma Frida de siempre... 

El libro apunta que es casi seguro que Frida y Diego Rivera se conocieron en una fiesta en la casa de Tina Modotti, fotógrafa estadounidense de ascendencia italiana, en 1928. Durante sus períodos de separación en los 27 años que estuvieron juntos, intercambiaron cartas. 


Por ejemplo, mientras ella estaba en Nueva York y él en México, Diego le escribió animándola a que fuera a París a la exposición organizada por André Breton:

Mi niñita chiquitita:
(...)
No seas ridícula: no quiero que por mí pierdas la oportunidad de ir a París. TOMA DE LA VIDA TODO LO QUE TE DÉ, SEA LO QUE SEA, SIEMPRE QUE TE INTERESE Y TE PUEDA DAR CIERTO PLACER. Cuando se envejece, se sabe qué significa el haber perdido lo que se ofreció cuando uno no tenía suficientes conocimientos como para aprovecharlo (...)

En su diario, Frida incluyó el borrador de lo que tal vez fue su respuesta a la carta de Diego, y se dirige a éste como "Niño mío... de la gran ocultadora", o sea, de ella misma.

Son las seis de la mañana
y los guajolotes cantan,
calor de humana ternura
Soledad acompañada
Jamás en toda la vida
olvidaré tu presencia
Me acogiste destrozada
y me devolviste entera
Sobre esta pequeña tierra
¿dónde pondré la mirada?
¡Tan inmensa, tan profunda!
Ya no hay tiempo, ya no hay nada.
Distancia. Hay ya sólo realidad
¡Lo que fue, fue para siempre!
Lo que son las raíces
que se asoman transparentes
transformadas
En el árbol frutal eterno
Tus frutas dan sus aromas
tus flores dan su color
creciendo con la alegría
de los vientos y la flor
No dejes que le dé sed
al árbol del que eres sol,
que atesoró tu semilla
Es "Diego" nombre de amor.

Las cartas, desde luego, son tesoros que revelan otras aristas de la personalidad de Frida: conflictos en su relación con Diego, el dolor "como vidrios" en el cuerpo por enfermedades y problemas en la columna vertebral, la alegría hasta el llanto por recibir una carta de su amante. Formaron parte de una exposición, Ecos de tinta y papel. De la intimidad de Frida Kahlo, en el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo en 2015.