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Monday, July 10, 2017

Marcel Proust's Letters (II)

“One can say anything so long as one does not say ‘I.'” Marcel Proust wrote these words to his fellow Frenchman of letters André Gide, and they constitute valuable advice for any novelist as well as a useful key to understanding Proust’s own work. We think of Proust — especially today, the hundredth anniversary of Swann’s Way, which opens his masterwork Remembrance of Things Past (À la recherche du temps perdu) — as an important French novelist, an important modern novelist, an important fin-de-siècle novelist, and so on. We also think of Proust as an important gay novelist.  And we owe that, in some sense, to Gide, who revealed the closeted Proust’s homosexuality in their published correspondence after Proust’s death. Sexuality has since become a major element of the robust field of Proust criticism, and the letter above surely gives its scholars material — or at least th

The author of Remembrance of Things Past once suffered, according to Letters of Note, from an obsession with masturbation. “As a teenager this caused problems for his family, not least his father, a professor of hygiene, who like many of the day believed that such a worrying habit could cause homosexuality if left unchecked.” Given 10 francs by Proust père, Marcel went off to the neighborhood brothel to, in theory, get himself set straight. And the outcome of this “cure”? We defer to the sixteen-year-old Proust himself, who in the letter above tells the whole sordid story to his grandfather:
18 May 1888
Thursday evening.
My dear little grandfather,
I appeal to your kindness for the sum of 13 francs that I wished to ask Mr. Nathan for, but which Mama prefers I request from you. Here is why. I so needed to see if a woman could stop my awful masturbation habit that Papa gave me 10 francs to go to a brothel. But first, in my agitation, I broke a chamber pot: 3 francs; then, still agitated, I was unable to screw. So here I am, back to square one, waiting more and more as hours pass for 10 francs to relieve myself, plus 3 francs for the pot. But I dare not ask Papa for more money so soon and so I hoped you could come to my aid in a circumstance which, as you know, is not merely exceptional but also unique. It cannot happen twice in one lifetime that a person is too flustered to screw.
I kiss you a thousand times and dare to thank you in advance.
I will be home tomorrow morning at 11am. If you are moved by my situation and can answer my prayers, I will hopefully find you with the amount. Regardless, thank you for your decision which I know will come from a place of friendship.
Marcel.
Many thanks to Letters of Note for uncovering this illuminating and — intentionally? unintentionally? — comedic piece of correspondence from literary history, and to Fabien Bonnet and Larst Onovich, to whom Letters of Note, in turn, gives credit.

http://www.openculture.com/2013/11/16-year-old-marcel-proust-at-a-brothel.html

Friday, June 23, 2017

Personal Correspondence: Julio Cortázar - Alejandra Pizarnik

Julio Cortázar, escritor que llenó miles de corazones alrededor del mundo, tenía el fanatismo de escribir a sus amigos de una forma íntima y pasional. Sin tapujos, el argentino lograba saciar la necesidad de amor de los demás por medio de palabras, en las cuales alguien, siendo su amigo o no, encontraba paz.

Fuente: https://es.wikipedia.org

Alejandra Pizarnik fue una gran poeta argentina y amiga íntima de Julio Cortázar. Entre ellos se escribieron cartas con un valor emocional grande, ya que Julio ayudaba a sobrellevar las terribles depresiones que Alejandra vivía a causa de un problema de autoestima que sufría.

Fuente: https://es.wikipedia.org

Las cartas entre ellos pueden decir lo mucho que se querían y lo cercanos que eran, tratando siempre de tener en cuenta que la distancia no impide la intimidad.

A continuación reproduzco una carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik, que se recoge en esta entrada de blog.


París, 14 de julio (ALLONS, ENFANTS DE LA PATRE…) de 1965

Alejandrísima:

No estés enojada conmigo por este largo silencio. También los silencios atan y yo he visto más de cuatro paquetes de masitas atados con hilo negro; basta desmoronar el moñito para que aparezcan los merengues, los relámpagos y las religiosas, sin contar los horribles (3 fr. 25 les 100 gr.). Cosas así todos los días.

Bicho lejano, la semana pasada fuimos a Montmachoux a cenar con Laure y Philippe, y todo el mundo habló tanto de vos que yo traje otra silla y la puse por las dudas. Gracias a mi sistema de espionaje me he enterado también de que las socias del Club de las Piantadas (1) se reúnen en los cafés para acordarse de su amiguita de la calle Montesdeoka. Tu popularidad secreta (sic.) puebla las terrazas del barrio latino. Hay un pintor que firma Piza; otro, Arnik. Hay un cocktail que se llama Alexandra. Un infame plagiario llamado Hesiodo ha publicado un libro que se titula “Los trabajos y los días”. En el patio de casa, debajo de la pawlownia, juega una gatita negra que imita tu manera de abrir grandes los ojos. Ya ves que no te pudiste ir.

Y entonces, mientras nosotros estábamos en nuestro ranchito de Saignon (que todo el mundo llama Saigón para ofendernos y vilipendiarnos), llegó a París tu libro (2), y lo encontramos hace diez días cuando tuvimos que volver para trabajar en la Ionesco. Aurora lo leyó de un tirón, y no te escribió todavía; yo lo leí anoche despacito, con coñac y una pipa, y ahora te escribo. Vos sabrás valorar los méritos respectivos de estas conductas.

Es muy difícil no ser idiota en una carta, cuando uno es lo que es y nada más. Hace años que me revienta convertir una carta en una especie de reseña para uso privado del autor. A lo mejor todo lo que me da tu libro es preferible insinuarlo con palabras sueltas o con dibujos. Dibujos no sé hacer; palabras sueltas sí:

Cafard

mandrágora

farol

unicornio

polilla

hueco (tan lleno, tan lleno)

Me dolió tu libro, es tan tuyo, sos tan vos en cada línea, tan reticentemente clara, tan por debajo y por adentro. ¿Conocés el sistema que consiste en hojear un libro e ir citando versos o pasajes, con algún comentario o elogio o censura? A mí no me gusta. Pero te voy a decir: lo que siento es lo mismo que frente a algunos (muy pocos) cuadros o dibujos surrealistas: que estoy del otro lado por un segundo, que me han hecho pasar, que soy vos, que estoy colgando de la punta de la tela como una de esas arañas rojas que hay en la Provenza y que tienen, parece, alianza con lo Oscuro. Ahora sé (ya lo sabía, pero ahora lo sé de alguien que está vivo, cuya mejilla he besado alguna vez) que todo o casi todo puede ser dicho en muy pocas palabras. Cada poema tuyo es el cubo de una inmensa rueda. Otros hacen la rueda entera, y hay que ver cómo se atasca en las cunetas; vos dejás que la rueda sea otra cosa, algo que unos pocos ven dibujarse mucho más allá de la página. Y entonces Ben Hur gana con sus ruedas de aire que dejan atrás todas las ruedas de roble y bronce. Tus poemas me parecen pequeñísimos grabados, o mejor todavía cilindros babilónicos, y un día cuando vengas a ocupar esa silla que puse para vos y que siempre pondré en casa y en todas las casas y hasta en los ómnibus y en los pararrayos, entonces te llevaré al Louvre para mostrarte un cilindro que descubrí hace poco, en la sala etrusca, y que no es en absoluto un cilindro etrusco entre otras razones porque los etruscos nunca tuvieron cilindros esos atrasados de mierda, pero el conservador o el radical del Louvre lo ha puesto en la sala de los etruscos de puro cronopio que es, o porque no queda lugar entre los cilindros babilónicos. Y te lo mostraré, y darás grandes saltos.

Recibí hace varias calendas una carta tuya que después se me perdió gracias a un hespléndido hacto fayido, porque me pedías colaboración para no sé qué colección ornitológica o ictiológica (¿Cormorán y Delfín? ¿Tía Vicente?) (3). Desde luego no tengo nada para mandar, como no sea la cuenta del albañil que nos agregó una pieza a la casita de Saigón y que nos dejó tecleando por varios meses, el muy artesano. Si me pagan esa cuenta, se las dejo publicar; tiene unas faltas de ortografía muy decorativas, y en cierto modo es un acto letrista. La mejor parte es donde dice:


Sf. S.V.P., à raison de… 45, 67 fr., à valoirsur ch.p.,

soustrait de 54,25 fr. pour des imp. colmatés… 456,27 fr.


Hacía mucho que no leía un poema tan ceñido. Ni tan caro.

Qué bonita la edición de tu libro. La tapa me dejó maravillado. ¿La hiciste vos misma? No es nada frecuente que en Buenos Aires salgan libros tan cuidados y con un papel y unas tintas tan buenos. El azul es hermosísimo, y la erótica viñeta (ya sé, ya sé, pero es así, cada uno ve lo que puede) me parece perfecta. Te discuto un poco el título; no me acaba de gustar. Será quizá porque toda mención del trabajo me estremece.

Pocos serán los elegidos por tu libro, me temo. Pocos habrán vivido en la dimensión que permite encontrar tanto con tan poco —aparentemente— correlato verbal. No es que yo tenga nada contra los poemas largos (los Olga, por ejemplo, son maravillosos, y tengo que escribirle sin falta uno de estos meses; lo haré desde Saigón, decíselo si la ves; tardé mucho en leer su libro, por esas cosas, pero ahora sí, ahora es mío y me ha dado todo lo que tiene, creo, y me ha hecho muy feliz, a mi manera de ser feliz, y a la manera de ella, of course; nos entendemos). Sigo: no es que yo tenga nada contra los poemas largos, pero siempre hay como un milagro en un gran poema breve. (Esos hai-kai, a veces, o Natalia Crane, o Char, a veces, o Juarroz).

Aurora está grillando un bifacho, y llega el bálsamo hasta mi hestudio. ¿No te parece una noticia sensacional? La gatita negra acaba de ver una paloma en la pawlownia y se ha trepado como una loca a ver si la chapa. Debo admitir que en este momento no se te parece nada. Yo puedo verte muy bien persiguiendo palomas pero seguro que pondrías una buena escalera contra el tronco y te ajustarías un paracaídas. La paloma emprendió el vuelo, como dicen ahora por tus pagos.

No me guardes rencor (¿cómo podrías? ¡Imposible!) y escribíme. Mi silencio, diría Binetti, es una operación cósmica por la cual las begonias se convierten en miel. Pero ahora que lo pienso nunca vi una abeja en una begonia, seguro que les repugna.

Te quiero mucho,


Julio


Y os dejo también dos joyas de Alejandra Pizarnik:


LA JAULA

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.


SOMBRAS DE LOS DÍAS A VENIR

a Ivonne A. Bordelois

Mañana
me vestirán con cenizas al alba,
me llenarán la boca de flores,
Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración
de un animal que sueña.

Wednesday, June 14, 2017

Personal Correspondence: George Eliot - Harriet Beecher Stowe

Source: ©Fine Art Images/Heritage Images/Getty Images
 
George Eliot (1819-1880) was the pen name of Mary Ann Evans. She was one of the leading female novelists of the 19th century, author of Middlemarch and The Mill on the Floss.

Harriet Beecher Stowe (1811-1896) was an American abolitionist and author of anti-slavery novel Uncle Tom’s Cabin.

Since each was then the most famous female author on their respective side of the Atlantic, it stands to reason that the two would have felt they had something special in common. Yet many biographers have written off the relationship as merely that of casual correspondents.

In an article shared by Miro Villar which I am pasting below in its entirety, they seek out the pair’s letters to examine their relationship.

Harriet Beecher Stowe and George Eliot’s long-distance relationship

EMILY MIDORIKAWA and EMMA CLAIRE SWEENEY

The George Eliot of popular imagination is something of a contradiction – an “honorary man” upon whom the Victorians bestowed the status of literary greatness, even as they flinched at the illegitimacy of her “marriage” to George Henry Lewes. And while Eliot’s lofty status – combined with her “living in sin” – prevented her from maintaining close ties with some of the era’s supposedly more respectable female writers, one author in particular went out of her way to befriend her.

Harriet Beecher Stowe, the author of the anti-slavery novel Uncle Tom’s Cabin, was the literary celebrity of the age. Her book, a phenomenon in Britain as well as America, had inspired popular songs, unofficial porcelain figurines, and was cited by some as a cause of the American Civil War. Since each was then the most famous female author on their respective side of the Atlantic, it stands to reason that the two would have felt they had something special in common. Yet many biographers have written off the relationship as merely that of casual correspondents. As part of the research for our new book on female literary friendships, we decided to seek out the pair’s letters to put this assumption to the test.

Remarkably, a significant portion of Stowe’s correspondence to Eliot has never made it into print, remaining stored in a locked researchers’ room deep within the New York Public Library. But when pieced together with Eliot’s published letters, it reveals that, while the two never met, they established an epistolary bond that was not only deeply personal but historically significant.

Even in the greeting of her first letter to Eliot, dated April 1869, Stowe – then fifty-seven – addressed her recipient warmly as “My Dear Friend”. Suggesting that she already knew the forty-nine-year-old Eliot intimately through extensive readings of her books, Stowe wasted no time in giving the British writer a frank appraisal of her personality – which she characterized as “thoroughly English” – and even offered both praise and criticism of Eliot’s writing style. Stowe applauded the morality of Eliot’s writing while suggesting that her novels had not, as of yet, lived up to the best aspects of her shorter stories.

When Eliot received these pages several weeks later, she did not take offence. Indeed, she warmed to Stowe’s ebullient personality, delighting in the description of her winter home amid an orange grove in Florida.

Although she was more reserved by nature than Stowe, Eliot replied soon afterwards in strikingly candid fashion. She alluded to her own frequent bouts of depression and –surprisingly for a modern audience aware of her legacy – to her lapses in confidence about her literary abilities. Stowe’s words, she said, had assured her that her own work had been “worth doing”. Stowe’s original letter to Eliot, while unexpected, had not come entirely unbidden. The women had a mutual friend in the American writer Annie Adams Fields and, through her, Eliot had sent a message to Stowe some time before. But rather than writing immediately, as she had originally intended, Stowe had left it many months before getting in touch.

What was her reason for making contact then? Stowe’s new novel, Oldtown Folks, was about to be published, and, since she would send a copy to Eliot soon afterwards, it looks as if Stowe might have been hoping to engineer some kind of endorsement from her fellow author. It wasn’t long before Stowe looked again to Eliot for help – and this time in a much more controversial matter.

A decade-and-a-half before, during her first tour of Britain, Stowe had got to know Lady Anne Isabella Byron, the widow of the famous poet. At that time, Lady Byron had shared with Stowe the secret that her late husband had engaged in incest with his half-sister. Lady Byron was considering speaking out on the subject, but a shocked Stowe had counselled her friend to continue to keep her “sacred veil of silence”.

But in May 1869, with Lady Byron now deceased, Stowe had begun to rethink this advice. She had just discovered a new book about the poet’s life written by his final mistress, Teresa, Contessa Guiccioli, which depicted Lady Byron as a cold and unreasonable woman. Stowe was angered by this characterization of her late friend, who had already suffered much anguish and humiliation. Armed with the explosive rumour, Stowe set out to put the record straight in an essay published simultaneously in America’s Atlantic Monthly and Macmillan’s in Britain.

There may well have been some truth in Stowe’s claim. But critics on both sides of the ocean – appalled that such an unseemly allegation should have been aired in this way – poured scorn on her essay, “The True Story of Lady Byron’s Life”. Stowe sent an advance copy of the article to Eliot, who shuddered at its contents. Rather than publicly support her new friend, as Stowe might have hoped, Eliot wrote to her privately to say she felt the “‘Byron question’ should not have been brought before the public”.

Though no doubt disappointed, Stowe found many other times when she and Eliot could come together. In their letters, they commiserated with each other on their various troubles and talked, largely with pleasure, about their domestic lives – Stowe sidestepping the awkward subject of Eliot’s unwed status by referring to Lewes as Eliot’s husband and choosing to think of Eliot as a married woman, like herself.

Eliot, for her part, turned to Stowe as a literary confidante. Given that, in Uncle Tom’s Cabin, Stowe had written about the engrained racial prejudices of white American society, it is perhaps unsurprising that Eliot should have been keen to discuss with her the treatment of Jewish people – a subject Eliot tackled in her final novel, Daniel Deronda. The American serialization of this as well as Middlemarch allowed Stowe to give her friend an ongoing and sometimes astonishingly frank critique of the works as they unfolded.

Today, these two writers are often regarded as polar opposites, with Eliot very much part of the literary canon, and Stowe derided as sentimental. But in their own time their differences would not have appeared as stark, either to the public or to each other. Despite her criticism of Eliot’s writing, Stowe appreciated the British author’s talents. More importantly perhaps, from a modern perspective, Eliot was a great admirer of Stowe. Many years before they became personally acquainted, she had praised the creator of Uncle Tom’s Cabin as a writer of “rare genius”. In fact, the influence of that most famous of Stowe’s books, about the suffering of African American slaves at the hands of their masters, can be felt in Eliot’s Daniel Deronda.

Yet, the pair’s common interests did not prevent their differences from sometimes looming large. Eliot had, famously, given up her adherence to organized religion in her youth, whereas Stowe remained a devout Christian – which she combined with a passionate interest in spiritualism. Stowe’s letters to Eliot contain a number of pages devoted to descriptions of the work of spiritualist practitioners, her husband’s visions of paranormal apparitions and the séances she herself attended. Sometimes Eliot wrote back politely, or simply made no comment on these outpourings. But at others, Stowe’s enthusiasm proved too much for the rational Eliot. When Stowe wrote to describe a session during which, with the help of a medium, she had managed to contact the spirit of the late Charlotte Brontё, Eliot responded in no uncertain terms. “Whether rightly or not”, she told her friend, the incident seemed to her “enormously improbable”.

In researching this fascinating friendship we often found ourselves asking why the bond between Eliot and Stowe is not better known. Here, after all, was a relationship between two literary legends. Our first thought was that – unlike the alliances of better-known male duos such as Byron and Percy Bysshe Shelley or F. Scott Fitzgerald and Ernest Hemingway – Eliot and Stowe’s collaboration played itself out far from the public gaze. After Eliot’s death, fifteen years before that of her older friend, Stowe considered writing a piece, again for the Atlantic Monthly, commemorating their relationship, which had lasted for over a decade. But knowing that any piece about Eliot’s life would have to make reference to her unsanctioned “marriage”, Stowe – no doubt chastened by the Lady Byron episode – felt wary about the possible public reaction and decided not to go ahead.

Divergences in Stowe and Eliot’s future reputations also played a part. Although Stowe’s first biographer, her son, would characterize the friendship as one of the “most delightful” experiences of his mother’s life, later critics have tended to downplay or outright ignore it. This places it within a regrettable pattern in such female alliances. The important literary friendships of Jane Austen, Charlotte Brontё and Virginia Woolf, have – to varying degrees – also been neglected. And so, despite much evidence to the contrary, women who achieve artistic “greatness” have been remembered as isolated within their own homes, and set apart by lofty genius – a mythology that was historically more acceptable than other more accurate accounts of female solidarity.

Emily Midorikawa and Emma Claire Sweeney are the co-authors of A Secret Sisterhood: The hidden friendships of Austen, Brontë, Eliot and Woolf

Sunday, April 30, 2017

Marilyn Monroe's Letter

Throughout history, we have always been curious about  correspondence, especially about other people's, and even more so if they are notable men and women. Their correspondences serve as a mirror into their real personalities and desires, and sometimes, they express certain unexpected feelings. In this regard, here is an interesting article published in Open Culture which reviews a letter written by Marilyn Monrow that shows a hidden, unrevealed side of her.

Source: https://kw.wikipedia.org/wiki/Marilyn_Monroe

She spent much of that year shooting what would be her final completed movie – The Misfits (see a still from the trailer above). Arthur Miller penned the film, which is about a beautiful, fragile woman who falls in love with a much older man. The script was pretty clearly based on his own troubled marriage with Monroe. The production was by all accounts spectacularly punishing. Shot in the deserts of Nevada, the temperature on set would regularly climb north of 100 degrees. Director John Huston spent much of the shoot ragingly drunk. Star Clark Gable dropped dead from a heart attack less than a week after production wrapped. And Monroe watched as her husband, who was on set, fell in love with photographer Inge Morath. Never one blessed with confidence or a thick skin, Monroe retreated into a daze of prescription drugs. Monroe and Miller announced their divorce on November 11, 1960.
A few months later, the emotionally exhausted movie star was committed by her psychoanalyst Dr. Marianne Kris to the Payne Whitney Psychiatric Clinic in New York. Monroe thought she was going in for a rest cure. Instead, she was escorted to a padded cell. The four days she spent in the psych ward proved to be among the most distressing of her life.
In a riveting 6-page letter to her other shrink, Dr. Ralph Greenson, written soon after her release, she detailed her terrifying experience.
There was no empathy at Payne-Whitney — it had a very bad effect — they asked me after putting me in a “cell” (I mean cement blocks and all) for very disturbed depressed patients (except I felt I was in some kind of prison for a crime I hadn’t committed. The inhumanity there I found archaic. They asked me why I wasn’t happy there (everything was under lock and key; things like electric lights, dresser drawers, bathrooms, closets, bars concealed on the windows — the doors have windows so patients can be visible all the time, also, the violence and markings still remain on the walls from former patients). I answered: “Well, I’d have to be nuts if I like it here.”
Monroe quickly became desperate.
I sat on the bed trying to figure if I was given this situation in an acting improvisation what would I do. So I figured, it’s a squeaky wheel that gets the grease. I admit it was a loud squeak but I got the idea from a movie I made once called “Don’t Bother to Knock”. I picked up a light-weight chair and slammed it, and it was hard to do because I had never broken anything in my life — against the glass intentionally. It took a lot of banging to get even a small piece of glass – so I went over with the glass concealed in my hand and sat quietly on the bed waiting for them to come in. They did, and I said to them “If you are going to treat me like a nut I’ll act like a nut”. I admit the next thing is corny but I really did it in the movie except it was with a razor blade. I indicated if they didn’t let me out I would harm myself — the furthest thing from my mind at that moment since you know Dr. Greenson I’m an actress and would never intentionally mark or mar myself. I’m just that vain.
During her four days there, she was subjected to forced baths and a complete loss of privacy and personal freedom. The more she sobbed and resisted, the more the doctors there thought she might actually be psychotic. Monroe’s second husband, Joe DiMaggio, rescued her by getting her released early, over the objections of the staff.

Monday, April 17, 2017

Personal Correspondence: Virginia Woolf

Letras in.verso e re.verso é un blog que  se concibiu como un espazo para organizar as lecturas feitas na web. Recolle entradas moi interesantes sobre diferentes textos, coma esta anotación de Carmen G. de la Cueva sobre Virginia Woolf e os seus escritos, da cal recollo só un anaquiño:

Fonte: http://letrasinversoreverso.blogspot.com.es/2016/09/virginia-woolf-entre-cartas-e-diarios.html?m=1#.V9luulHayyI.twitter


Em Sobre la escritura, uma edição que foi publicada con fragmentos da correspondência de Virginia Woolf no universo de língua espanhola), Federico Sabatini conta que suas cartas "tem o mérito inestimável de mostrar como a autora se apresentava aos demais, o modo como queria ser percebida, entendida e lembrada". 

(...)

Virginia escrevia cartas e diários porque era praticamente um dever social fazer isso. Como sempre, se movimentava entre dois extremos: "Como odeio e detesto escrever cartas" ou "como que posso gostar mais na vida além de escrever cartas? Cartas a diário, cartas longas, cartas escritas no alto da torre rodeada de cisnes" ou "a morte será muito enfadonha: na tumba não existem as cartas". Que podia gostar mais que le-las? Nelas há drama, poesia, conselhos sobre a escrita, comentários, metáforas, humor... um pouco de cada coisa das caras de sua poliédrica existencia.

Saturday, April 15, 2017

Personal Correspondence: Franz Kafka

Joseph Epstein once wrote that "Great writers are impressed by the mysteries of life; poor Franz Kafka was crushed by them,”  noting that “Kafka’s small body of work, which includes three uncompleted novels, some two dozen substantial short stories, an assemblage of parables and fragment-like shorter works, diaries, collections of letters (many to lovers whom he never married), and the famous ‘Letter to His Father,’” represents an achievement so insular that it “cannot be either explained or judged in the same way as other literary artists.”In fact, The Guardian published an article about Franz Kafka's virtual romance with Felice Bauer, which we are pasting here in its entirety:

Source: http://blogs.20minutos.es/trasdos/2015/05/04/franz-kafka-centenario-metamorfosis/

On 13 August 1912, a summer evening in Prague, a young Franz Kafka was gathering up his manuscripts to take to the house of his friend, Max Brod. His excursion to the Brods’ home late in the evening was not unusual, but this was an unusual night, for two momentous reasons: Kafka was about to send off what would be one of his first works to be published, and that evening he would meet the woman who would dominate his romantic imagination for the next five years.

Felice Bauer, a cousin of the Brod family who lived in Berlin, was travelling through Prague on her way to a wedding. That night, she would meet the intense author at the Brods’ dining table. According to Kafka’s version of the events (and it is the only one we have, since Felice’s letters were destroyed), she did not eat much and seemed reticent when he “offered her his hand across the table”. The few words they exchanged, her demeanour, her slippers, where she sat, where he sat, his invitation that she join him on a trip to Jerusalem, his aching self-consciousness as he (along with Max Brod’s father) walked her home: all of this would form the flimsy foundation on which their relationship was built – one they would conduct almost entirely without seeing each other in person, one that Kafka scholar Elias Canetti dubbed “Kafka’s Other Trial.”.

Despite the relatively short distance between Prague and Berlin, Kafka and Bauer would meet only a handful of times, become engaged twice and never marry. But their correspondence of hundreds of letters – which finished when Kafka wrote the last letter in 1917 and only came to the world’s attention in 1955, when Bauer sold his letters to her – is one of the most poignant chronicles of the human urge to share ourselves, while foregoing the vulnerability that such intimacy creates.

Nothing unites two people so completely, especially if, like you and me, all they have is words Kafka, in a 1912 letter to Bauer

These days, our world is dominated by the written word more than ever before. While letter-writing declines, in 2015 the average office worker received 121 emails every day, their very own share of the 205bn total sent and received in total. In the second decade of the 20th century, Franz and Felice, toiling in offices in Prague and Berlin, were similarly able to count on correspondence, work and otherwise, delivered several times a day. More urgent messages came via telegram and all of it was routine enough by 1912 to be taken for granted.

Kafka relied on the single medium of his letters to mythologise his romance with Bauer, making it, and consequently himself, far more attractive. (“Nothing unites two people so completely, especially if, like you and me, all they have is words,” he wrote in one letter.) He used the distance between the real and virtual worlds to his advantage, in a way that is familiar today – who of us hasn’t crafted a more perfect version of ourselves, in that separate online world?

Kafka resisted putting their epistolary relationship to the real-life test. After finally agreeing to meet Bauer, he sent a telegram in the morning saying he would not be coming, but went anyway – and remained sullen and withdrawn, later complaining that he had been hugely disappointed with the real Felice.

This was predictable: a month before the visit, Kafka wrote that “if one bolts the doors and windows against the world, one can from time to time create the semblance and almost the beginning of the reality of a beautiful life”. In these words, one could argue, lies a premonition of online romance. What Kafka did in lyrical prose, the rest of us bumble through on social media and dating apps today – enjoying a similar disconnect from reality.

And make no mistake, the virtual nature of their relationship was a deliberate effort on Kafka’s part: his allegiance was to writing, and the love he felt for Bauer was constructed entirely in writing, the content and frequency of which he could control. It was entirely untranslatable into an actual marriage. He’d veer between contradictions on that point, too, at one point gushing that “we belong together unconditionally” only to declare “marriage a scaffold” weeks later.
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Reticent or eager, the internet age has made writers of us all, and even if most of us are bad ones, we gather up the small prizes of making ourselves and our virtual crushes look better than we are. Yes, our lusty, emotive missives likely lack the incandescence of Kafka’s prose, but his indulgence of a romance restricted to writing gives email love a useful literary genealogy. Kafka’s fiction has bestowed us with the adjective “Kafkaesque”, pointing to the intersection of the perverse and the grotesque woven into the banalities of modern life. Kafka’s love letters suggest another dimension for the term: that incongruity between who we are and who we want to be, between our desire to share our inner worlds and the fear of experiencing the consequent vulnerability that such exposure would bring into our “real” lives. Connection and isolation each have a cost. Virtual worlds, like letters of old, provide a partition between the two; enabled then by the postal service, and now by digital technology.

Partition, however, is not intersection. In his romance with Felice at least, Kafka found no possibility of merging the two. The intimacy that existed on the page did not translate into attraction in reality. By the time the first engagement was broken, too much had been shared, even if only by letter, so their writing to each other continued regardless.


But by the second engagement, Kafka and Bauer were conclusively forced apart – Kafka’s diagnosis with tuberculosis in 1917 had dashed any prospect of marriage. In his final letter to Felice, he wrote: “If we value our lives, let us abandon it all … I am forever fettered to myself, that’s what I am, and that’s what I must try to live with.”

This was not the end, however, to his penchant for the virtual affair: Kafka wrote his first letter to Milena Jesenska, his subsequent love, in 1920.

Saturday, April 8, 2017

Personal Correspondence: Federico García Lorca (II)

Os traigo una tercera entrega de la serie de podcasts Baúl de Cartas, que ya referenciamos en anteriores entradas, centrada en este caso en la figura del escritor Federico García Lorca, de quien hemos hablado también en anteriores anotaciones

En este audio se recogen dos fragmentos de correspondencia lorquiana. Una carta del poeta a Miguel Hernández y otra de Dalí a Lorca. La primera es la respuesta de Lorca a una carta de Hernández donde éste le manifestaba su preocupación por el poco éxito de su primer libro. Lorca le responde con una carta llena de ánimo y cariño, donde alaba su "fuerza vital y luminosa", la ternura de su "luminoso y atormentado corazón" y le recomienda escribir, leer, estudiar, luchar y no ser vanidoso de su obra, pues "los libros de versos caminan muy lentamente". El segundo fragmento procede de una carta de Dalí a Lorca donde le ofrece una "cura de mar" y un poco de paganismo para contrarrestar su "borrasca cristiana".

A continuación el extracto que incluyen en la página de Literariedad:

A 80 años de la muerte de Federico García Lorca lo recordamos con sus cartas. Si bien su nombre es uno de los más destacados de la historia de la literatura, para este programa de radio nos hemos fijado también en su relación con la música. Algún vez respondió en 1933 a una entrevista «Ante todo, soy músico» y fieles a su declaración quisimos detenernos en este aspecto.



Era talentoso tocando el piano, amante del flamenco y la música tradicional. Fue cercano a grandes músicos de su época en España e incluso participó junto con la cantante y bailarina La Argentinita en algunas grabaciones. Música de sus amigos y contemporánea inspirada en su literatura estará ambientando este capítulo de Baúl de Cartas.
Sus ideas y su inclinación sexual lo convirtieron en un personaje molesto para las fuerzas sublevadas contra la república, quienes terminaron interrumpiendo su vida y su creación en 1936 cuando fue fusilado. Poco antes de esto dejó esta última carta.


 Madrid, junio de 1936
Señorito musiquito
Adolfito Salazar,
de su Amigo Federico
(Urgente)
Queridísimo Adolfo:
Me voy dos días a Granada para despedirme de mi familia. Como me voy en auto, por eso ha sido la cosa precipitada y nada te dije.
Me gustaría que si tú pudieras, y sin que lo notara Bagaría, quitaras la pregunta y la respuesta que están en una página suelta y escrita a mano, página 7 (bis), porque es un añadido, y es una pregunta entre el fascio y el comunismo que me parece indiscreta en este preciso momento, y además está ya contestada antes. Así es que tú la quitas y luego como si tal cosa. No conviene que se entere nadie de esto, pues sería fastidioso para mí.
Abrazos.
Federico

“Cuando yo me muera, enterradme con mi guitarra bajo la arena” García Lorca

Saturday, April 1, 2017

Personal Correspondence: Amelia Earhart

Fonte: https://literariedad.co/2017/03/19/aviadora/

Nunca esquecerei a visita á casa museo de Amelia Earhart en Atchinson (Kansas). Amelia Earhart foi unha muller extraordinaria, unha das primeiras mulleres aviadoras. Independente, forte, decidida, brillante, creativa, atravesou o Pacífico, viaxa 33.000 kilómetros arredor do mundo (case dá a volta completa), mantivo o seu apelido a pesares de casar (cousa pouco común nos EEUU, e máis no seu tempo).

Este podcast de Baúl de Cartas, que xa referenciamos noutra ocasión, está adicado á "Raíña do aire", a "Lady Lindy", ambos alcumes que se gañou dona Amelia. Recolle varias cartas de Amelia, entre elas unha que lle entregou ao seu marido, George P. Putnam, no día da súa voda. O home propúxolle casamento seis veces ata que finalmente Amelia accediu, non sen "dúbidas" e unha sensación de "renuncia", de ser "unha das decisións máis estúpidas da súa vida"

De feito, nesa carta indícalle que non vai haber ningún "código de fidelidade medieval" na súa parella, que se deben comprometer a "non interferir no traballo do outro", e que quere "manter un lugar onde poida ser profundamente [ela] mesma" pois non soporta "os confinamentos, por moi atractiva que sexa a gaiola".

Convídovos a escoitar  o podcast na súa integridade, paga a pena.

Friday, March 3, 2017

Personal Correspondence: Jacques Vaché

Jacques Vaché (Lorient, 1895-Nantes, 1919) fue reconocido por André Breton como un iniciador del surrealismo. Su obra más difundida comprende unas cartas que el propio Breton recopiló y publicó bajo el nombre de Cartas de guerra. Círculo de Poesía publicó un par de ellas traducidas por Mario Bojórquez.

Al señor Louis Aragon
Querido amigo y Mistificador

Recibí inmediatamente su carta datada el 9 de julio y sus poemas. Estoy en prisión, naturalmente, y poco apto sin embargo para expresarme acerca de los fragmentos visibles de su obra: ¿podría excusarme?

Me contento con vivir beatíficamente a la manera de los aparadores panorámicos 13 x 18=. Es un modo como cualquier otro de esperar el fin. Mantengo las fuerzas y me reservo para las cosas futuras. ¡Cual bello desorden, vea usted, será este porvenir y como podrá matarlo del mundo!… Ya lo experimenté también para no perder la costumbre, ¿no es así?—mas debo conservar mis jubilaciones íntimas, porque los comisarios del Cardenal de Richelieu…

Ya le había dicho que este pobre G. Apollinaire escribió, hacia el final, dentro de la “Bayonnette”—todavía un no sé qué “colgado a la españoleta de la ventana” mas él era ya un teniente trepanado, y ciertamente condecorado.— Well.

En él se reconocerá a nuestro precursor—nosotros no nos opondremos.

Hay sobre todo moscas plenas de sol y escudillas dudosas zumbantes—Necesitaré unos buenos trajes de jerga verde-aqua.y un chaleco blanco de cantinero— y sus mujeres en el disolvente olor de la ropa sucia perfumada…

¿Y usted, querido amigo?

J.T.H.



26 noviembre 18

¡Blanca acetileno!
 ¡Todos ustedes! — Mis bellos whiskys — Mi horrible mezcla fluida y amarilla — Frasco de farmacia — Mi chartreuse verde — Citrino — Rosa emocionada de Cártamo.
¡Humeante!

Angostura — Nuez vomitiva y la incertidumbre de los jarabes — Soy un mosaiquista.

… “Say, Walter — you are a damn’ fraud, you are”. Veo el absceso sangrante de su  almeja; su ojo ahogado me mira como una pieza anatómica; el cantinero puede ser que también me mire, bolsas bajo los globos oculares, ladera la irisada, en mantel, dentro del arco iris.

OR

El hombre con cabeza de pescado muerto deja toma su cigarro mojado. ¡Su chaleco escocés!

El oficial ornado de cruz — la mujer blanda polvosa blanca bosteza, bosteza, y chupa una loción capilar — (así es por el amor.).

“sus criaturas danzan durante nueve horas, monsieur”.— como su dedo está grasiento (así es por el erotismo, vea usted)

Alcoholes que serpenteantes, azuleantes, somnolientos, descendentes, rodantes, apagantes.

¡Flameado!

¡¡MI APOPLEJÍA!!

N.B. Las leyes, de todos modos, se oponen al homicidio voluntario.

 

Monday, February 27, 2017

Personal Correspondence: Jean Giono

L’écrivain français Jean Giono (1895–1970), célèbre pour des œuvres comme Le Hussard sur le toit ou Regain, dépeint dans son écriture romanesque la position de l’homme face au monde, livrant une réflexion morale et métaphysique. Dans cette lettre, l’écrivain s’adresse à des paysans, pacifistes comme lui, qui ont composé la majeure partie des soldats de la Grande Guerre de 1914-1918.
 
 
Je n’aime pas la guerre. Je n’aime aucune sorte de guerre. Ce n’est pas par sentimentalité. Je suis resté quarante-deux jours devant le fort de Vaux et il est difficile de m’intéresser à un cadavre désormais. Je ne sais pas si c’est une qualité ou un défaut : c’est un fait. Je déteste la guerre. Je refuse la guerre pour la simple raison que la guerre est inutile. Oui, ce simple petit mot. Je n’ai pas d’imagination. Pas horrible ; non, inutile, simplement. Ce qui me frappe dans la guerre ce n’est pas son horreur : c’est son inutilité. Vous me direz que cette inutilité précisément est horrible. Oui, mais par surcroît. Il est impossible d’expliquer l’horreur de quarante-deux jours d’attaque devant Verdun à des hommes qui, nés après la bataille, sont maintenant dans la faiblesse et dans la force de la jeunesse. Y réussirait-on qu’il y a pour ces hommes neufs une sorte d’attrait dans l’horreur en raison même de leur force physique et de leur faiblesse. Je parle de la majorité. Il y a toujours, évidemment, une minorité qui fait son compte et qu’il est inutile d’instruire. La majorité est attirée par l’horreur ; elle se sent capable d’y vivre et d’y mourir comme les autres ; elle n’est pas fâchée qu’on la force à en donner la preuve. Il n’y a pas d’autre vraie raison à la continuelle acceptation de ce qu’après on appelle le martyre et le sacrifice. Vous ne pouvez pas leur prouver l’horreur. Vous n’avez plus rien à votre disposition que votre parole : vos amis qui ont été tués à côté de vous n’étaient pas les amis de ceux à qui vous parlez ; la monstrueuse magie qui transformait ces affections vivantes en pourriture, ils ne peuvent pas la connaître ; le massacre des corps et la laideur des mutilations se sont dispersés depuis vingt ans et se sont perdus silencieusement au fond de vingt années d’accouchements journaliers d’enfants frais, neufs, entiers, et parfaitement beaux. À la fin des guerres il y a un mutilé de la face, un manchot, un boiteux, un gazé par dix hommes ; vingt ans après il n’y en a plus qu’un par deux cents hommes ; on ne les voit plus ; ils ne sont plus des preuves. L’horreur s’efface. Et j’ajoute que malgré toute cette horreur, si la guerre était utile il serait juste de l’accepter. Mais la guerre est inutile et son inutilité est évidente. L’inutilité de toutes les guerres est évidente. Qu’elles soient défensives, offensives, civiles, pour la paix, le droit pour la liberté, toutes les guerres sont inutiles. La succession des guerres dans l’histoire prouve bien qu’elles n’ont jamais conclu puisqu’il a fallu recommencer les guerres. La guerre de 1914 a d’abord été pour nous, Français, une guerre défensive. Nous sommes-nous défendus ? Non, nous sommes au même point qu’avant. Elle devait être ensuite la guerre du droit. A-t-elle créé le droit ? Non, nous avons vécu depuis des temps pareillement injustes. Elle devait être la dernière des guerres ; elle était la guerre à tuer la guerre. L’a-t-elle fait ? Non. On nous prépare de nouvelles guerres ; elle n’a pas tué la guerre ; elle n’a tué que des hommes inutilement. La guerre d’Espagne n’est pas encore finie qu’on aperçoit déjà son évidente inutilité. Je consens à faire n’importe quel travail utile, même au péril de ma vie. Je refuse tout ce qui est inutile et en premier lieu la guerre car son inutilité est aussi claire que le soleil.
[…]
L’intelligence est de se retirer du mal.
I. Délices de la pauvreté
Je vous écris cette lettre surtout pour mettre vos tourments en face des délices de la pauvreté. Il y a une mesure de l’homme à laquelle il faut constamment répondre.
Le chou bouilli dans une simple eau salée donne une soupe claire qui ne contente pas totalement. Si c’est tout ce que l’on a à manger, on est obligé d’imaginer le surplus ou de se fabriquer des raisons de contentement ; chaque fois, au détriment des vraies raisons de vivre. Un jarret de porc salé dans la soupe de chou blanc commence à fournir déjà assez de matière. Surtout si c’est un jarret un peu rose, avec d’onctueuses petites mottes de gluant dans les jointures. Quelques pommes de terre fournissent à la soupe une épaisseur qui non seulement satisfait l’appétit mais encore permet au goût de rester plus longtemps sur la langue. Nous ne sommes pas loin de la perfection. Peut-être un petit morceau de lard maigre. Et si nous voulons pousser cette perfection jusqu’à ses limites les plus extrêmes, de quoi contenter l’homme le plus aristocrate, quelques carottes, un poireau, deux coques d’oignon, trois grains de genièvre, composeront à notre pauvreté les plus riches arrière-goûts, presque des aliments de rêve ; une possession de grands civilisés. La civilisation c’est la possession du monde ; l’art d’en jouir ; c’est une union avec le monde de plus en plus intime où des couteaux très aiguisés tranchent en de brusques joies vos veines et vos artères pour en aboucher la coupure aux veines et aux artères du monde et vous mélanger avec lui. […] Les paysans du monde entier savent faire sept mille sortes de saucisses. C’est être riche que de les posséder toutes dans son saloir. Mais il est impossible de les mettre toutes dans votre soupe ; même pas en petites rondelles : ce ne serait pas bon. Et même si ce devait être bon, au bout de tout le trafic qu’il vous faudrait mener pour les dépendre et en couper des morceaux, vous auriez perdu l’appétit sans lequel rien ne compte. Il est donc inutile de travailler à les posséder toutes.
La pauvreté c’est l’état de mesure. Tout est à la portée de vos mains. Vivre est facile. Vous n’avez à en demander la permission à personne. L’état est une construction de règles qui créent artificiellement la permission de vivre et donnent à certains hommes le droit d’en disposer. En vérité, nul n’a le droit de disposer de la vie d’un homme. Donner sa vie à l’Etat c’est sacrifier le naturel à l’artificiel. C’est pourquoi il faut toujours qu’on vous y oblige. Un État, s’il est supérieurement savant en mensonge pourra peut-être réussir une mobilisation générale sans gendarmes, mais je le défie de poursuivre une guerre sans gendarmes car, plus la guerre est dure, plus les lois naturelles de l’homme s’insurgent contre les lois artificielles de l’État. La force de l’État c’est sa monnaie. La monnaie donne à l’État la force des droits sur votre vie. Mais c’est vous qui donnez la force à la monnaie ; en acceptant de vous en servir. Or, vous êtes humainement libre de ne pas vous en servir : votre travail produit tout ce qui est directement nécessaire à la vie. Vous pouvez manger sans monnaie, être à  l’abri sans monnaie, assurer tous les avenirs sans monnaie, continuer la civilisation de l’homme sans monnaie. Il vous suffit donc de vouloir pour être les maîtres de l’État. Ce que le social appelle la pauvreté est pour vous la mesure. Vous êtes les derniers actuellement à pouvoir vivre noblement avec elle. Et cela vous donne une telle puissance que si vous acceptez enfin de vivre dans la mesure de l’homme, tout autour de vous prendra la mesure de l’homme. L’État deviendra ce qu’il doit être, notre serviteur et non notre maître. Vous aurez délivré le monde sans batailles. Vous aurez changé tout le sens de l’humanité, vous lui aurez donné plus de liberté, plus de joie, plus de vérité, que n’ont jamais pu lui donner toutes les révolutions de tous les temps mises ensemble.
II. Une révolution individuelle
Car, c’est la grande révolution. Et vous pouvez y employer sans remords tous vos désirs de violence et de cruauté. Ils sont ici légitimes ; ils n’ont à s’exercer que contre vous-même. C’est la grande révolution de la noblesse et de l’honneur. Vous seuls en êtes encore capables. D’abord, parce que vous êtes restés des hommes purs malgré l’état d’esclavage dans lequel la monnaie essaie de vous retenir et aussi parce que votre travail est le seul qui puisse se libérer avec aisance des sujétions sociales. Il n’est pas possible qu’un ouvrier des temps modernes puisse se libérer du social : le social le nourrit. Vous pouvez vous libérer aisément du social parce que vous êtes les maîtres de votre nourriture et de la nourriture de tous les hommes. Votre libération entraînera la libération de tous.
C’est une révolution d’âmes. Mais elle s’inscrira sur le visage du monde en marques matérielles formidables. Je veux dire que votre beauté sera marquée sur la terre comme la laideur est maintenant marquée sur la terre. Je veux dire que ceux qui traversent par exemple tout un grand pays en avion ne le reconnaîtront plus, ni dans sa forme, ni dans sa couleur, ni dans son odeur, quand vous aurez accompli votre vrai travail d’homme. […]
Engagez-vous dans la croisade de la pauvreté contre la richesse de guerre. Vos plus beaux chevaliers de bataille sont vos chevaux de labour, vos charges héroïques se font pas à pas dans les sillons. Votre bouclier a la rondeur de toute la terre.
Se guérir de la peste n’est pas retourner en arrière, c’est revenir à la santé. C’est se retirer du mal. L’intelligence est de se retirer du mal.


 

Saturday, February 18, 2017

Personal Correspondence: William Butler Yeats - James Joyce

De novo teño que agradecer a Miro Villar que compartise un interesante vídeo que anuncia a adquisición de varios manuscritos do escritor William Butler Yeats por parte da National Library of Ireland.

Carta de W.B. Yeats a Ezra Pound (Fonte: https://writersinspire.org/content/letter-w-b-yeats-ezra-pound)
 
Os manuscritos inclúen unha colección de dez cartas asinadas do escritor irlandés a outro grande do seu país, James Joyce.

A poesía de Yeats, aínda que ten máis dun século de antigüidade, contén valores que continúan a ser relevantes na cultura actual, xa que a nosa sociedade continúa enfrontándose aos mesmos dilemas, se cabe a unha escala moito maior. De aí que a análise da condición humana que fai Yeats siga enfeitizándonos: o estado do medio ambiente, a indiferenza e apatía da xuventude cara á súa sociedade, e os permanentemente relevantes conceptos do amor e o remorso.
 
E para despedirnos, un poemiña de William Butler Yeats.
 
A poet to his beloved

I bring you with reverent hands
The books of my numberless dreams;
White woman that passion has worn
As the tide wears the dove-gray sands,
And with heart more old than the horn
That is brimmed from the pale fire of time:
White woman with numberless dreams
I bring you my passionate rhyme.

Friday, February 10, 2017

Personal Correspondence: Federico García Lorca - Salvador Dalí

Si ayer hablábamos de la correspondencia entre Herman Melville y Nathaniel Hawthorne, hoy recuperamos un artículo de El País de hace un par de años donde se habla de las cartas de seducción intercambiadas entre otros dos grandes, Federico García Lorca y Salvador Dalí. Aunque ya habíamos debatido la correspondencia de Lorca en una entrada previa, el artículo hace alusión al volumen Querido Salvador, Querido Lorquito (2013). 




Dalí y Lorca, cartas de seducción

Un estudio reúne por vez primera la relación epistolar entre el pintor surrealista y el poeta
Es una mezcla de amistad, literatura, arte y flirteo 
 
“Tú eres una borrasca cristiana y necesitas de mi paganismo (...) yo iré a buscarte para hacerte una cura de mar. Será invierno y encenderemos lumbre. Las pobres bestias estarán ateridas. Tú te acordarás que eres inventor de cosas maravillosas y viviremos juntos con una máquina de retratar (…)”. Así de apasionado escribe Salvador Dalí en el verano de 1928 a su íntimo amigo Federico García Lorca. Era algo más, “un amor erótico y trágico, por el hecho de no poderlo compartir”, aclararía el pintor en 1986, en una carta al director publicada en EL PAÍS y dirigida a Ian Gibson, al que acusa de subestimar sus relaciones con el poeta, “como si se hubiera tratado de una azucarada novela rosa”.
La relación entre estos dos genios se dio, con altibajos, entre 1923 y 1936, y dio pie, colaboraciones artísticas aparte, a un intenso epistolario, una particular conversación iniciada en 1925 y que, por vez primera, puede leerse en su conjunto en Querido Salvador, Querido Lorquito (Elba), gracias a la labor del periodista Víctor Fernández.
Tan hábil como meticuloso, Fernández (que ha recuperado la erudita edición de las cartas de Dalí que anotó el estudioso Rafael Santos Torroella) ha reunido además la correspondencia que Lorca mantuvo también con el padre y la hermana del pintor, Ana María Dalí, y con Lidia de Cadaqués, extravagante personaje que se creía la reencarnación de La ben plantanda de Eugeni d’Ors. Tampoco es tanto epistolario. De la cartas del pintor al poeta aún han sobrevivido una cuarentena; de las de Lorca a Dalí, apenas siete. Fernández cree que la explicación a la diferencia aparece si se busca a la mujer. En este caso, a dos: “Una es Ana María, que vendió mucho material de archivo de su hermano tras la Guerra Civil; la otra es Gala, que por celos destruyó otras muchas; entre los papeles de García Lorca ha sido hallada una anotación que reza: “Gala no me gusta”; luego se sabe que Lorca era uno de los temas no gratos en casa de los Dalí cuando estaba Gala; entre los papeles del pintor hay cartas de Lorca recortadas con tijeras; a esa documentación tenía acceso poquísima gente, entre ellas la mujer del pintor”, sitúa Fernández.

Sexo y literatura

En una carta de Dalí a Lorca de 1928, comentando la aparición de ‘Romancero gitano’, Dalí mezcla sexo y crítica literaria: “Federiquito, en el libro tuyo (…) te he visto a ti, la bestiecita que eres, bestiecita erótica, con tu sexo y tus pequeños ojos de tu cuerpo (…) tu dedo gordo en estrecha correspondencia con tu p…”. (...) “Tu poesía se mueve dentro de la ilustración de los lugares comunes más estereotipados y más conformistas”.

Tras esas desapariciones está, según el compilador, la sombra de una pulsión homosexual. La correspondencia, pespunteada de dibujitos de uno y otro y de postales retocadas, “es un juego de seducción: Lorca da lo mejor de sí mismo, tratando de encandilar con su palabra a un Dalí que quiere estar a la altura intelectual del poeta. Uno intenta atrapar al artista en su tela de araña; el otro deja hacer hasta cierto punto”, opina Fernández.

No hay nada explícito en las cartas, ni tan siquiera una mención a la joven Margarita Manso, con la que Lorca mantiene relaciones sexuales a petición del propio Dalí, voyeur de un encuentro que fue una condición que impuso el pintor para mantener relaciones con el poeta. El sacrificio de García Lorca no sirvió de nada porque Dalí siguió sin ceder, en especial durante la segunda estancia del poeta en Cadaqués, en 1927, como después haría público en una soez entrevista con Max Aub.

El pintor surrealista, sin embargo, se sabe atractivo a los ojos del poeta y juega varias veces con las referencias sexuales. Lo practica incluso en una carta de principios de septiembre de 1928 en el contexto de una dura crítica literaria que el pintor hace a Lorca sobre su recién Romancero gitano (ver despiece).

Algunos estudiosos quisieron ver en esa misiva el inicio del final de la relación. “No hubo ruptura sino distanciamiento”, apunta Fernández, quien recuerda que hay correspondencia posterior y cita una carta en la que Lorca se ríe del pequeño timo que un Dalí necesitado de dinero intentó perpetrar contra los padres del poeta bajo el pretexto de que aún no había cobrado como escenógrafo de la obra de su hijo Mariana Pineda.

El distanciamiento sería aprovechado por Luis Buñuel, a su modo celoso, que va haciendo “una labor de zapa en esa relación”; el cineasta, hasta entonces con escaso eco intelectual y popular, acabaría realizando con Dalí el guion de Un perro andaluz, título en el que Lorca siempre se sintió aludido.

El mecanicismo, las películas de Buster Keaton, recomendaciones literarias de todo tipo (con referencias a Joyce incluidas) y explicaciones de cómo van sus respectivas obras, algunas comunes, van desfilando por las páginas de la correspondencia, que Fernández ha trufado con algún inédito, como un dibujo que el propio Dalí pidió que se llamara Lorca Dalí (1926), o una hoja de carta de la finca de Coco Chanel, donde se hospedó Dalí, de 1938, y en la que el artista dibujó una cabeza del ya asesinado García Lorca. “El poeta empezó a aparecer en dibujos suyos tras su muerte”, explica Fernández.

Defiende el compilador que Dalí tuvo una época lorquiana que dio frutos en doble sentido. En Lorca: una Oda a Salvador Dalí, publicada en la Revista de Occidente (y en apéndice en el libro): “Lorca no hizo nada así por nadie más”; Dalí, por su parte, habría reflejado al granadino en las pinturas La academia neocubista y en La miel es más dulce que la sangre, este último un cuadro en paradero desconocido pero del que el libro recoge un esbozo. Como obra en común quedará la pieza teatral Mariana Pineda, con figurines del pintor.

A Dalí le quedó la sensación de que podía haber evitado quizá la muerte de Federico. “Creía que no insistió lo suficiente para que le acompañara a Italia en 1936”. Cuando murió su esposa Gala, en 1982, Dalí se enrocó mentalmente y viajó a su juventud en la Residencia de Estudiantes, donde en 1923 conoció a Lorca y a Buñuel. En los huesos, negándose a comer, con 34 kilos, una de las enfermeras que atendió a Dalí en ese final dijo que en todo ese tiempo sólo le entendió una frase: “Mi amigo Lorca”.


Thursday, February 9, 2017

Personal Correspondence: Herman Melville - Nathaniel Hawthorne

Moitísimas grazas, Miro Villar, por compartir este interesantísimo artigo da web Galiciaé escrito por Ramón Rozas, que analiza a correspondencia entre dous xigantes literarios americanos, Herman Melville e Nathaniel Hawthorne e que reproduzo na súa totalidade.

Carta de Melville a Hawthorne (fonte: Wikimedia Commons)

APENAS DEZ quilómetros separaban as granxas nas que vivían Herman Melville e Nathaniel Hawthorne. Dous dos grandes novelistas norteamericanos do XIX reúnense aquí mediante a correspondencia, maioritariamente dirixida polo primeiro ao segundo, na que se reflicte o respecto que Melville tiña por Hawthorne, a búsqueda de solucións á súa narrativa e o desexo de ter un interlocutor que o acompañase na súa travesía literaria. O exitoso autor de La letra escarlata fronte ao meritorio que traballaba na historia dunha balea. O autor puritano e cheo daquel espírito da Nova Inglaterra na que xerminaba a nova América, mentres que Melville era o home das aventuras, o mozo que percorrera embarcado moitos dos mares que logo foron inspiración. Entre ambos quince anos de diferenza.

As cartas foron escritas entre 1851 e 1852, un momento clave da literatura norteamericana. Washington Irving, Poe, Thoreau, Whitman ou Emily Dickinson compoñían aquela estampa da escrita que na novela arrincaba cos nosos protagonistas epistolares. Ambos coñecéronse en 1850 nunha excursión a Monument Mountain na que coincidiron ao refuxiarse dunha tormenta. Falan durante horas e amósanse cómplices según testimonios daquel primeiro encontro. Melville deixa Nova Iorque e múdase a unha granxa tranquila preto da que tiña Hawthorne e na que escribira La letra escarlata ou La casa de los siete tejados. Ambos pasaron moitas horas sentados á carón do lume falando de experiencias e proxectos. Melville recuperaba as súas fazañas mariñeiras, mentras Hawthorne facíao da eternidade e dos editores, que semellan ser para o escritor terreos adxacentes. Melville tiña o vil hábito, nas súas propias palabras de destruir a correspondencia que lle chegaba unha vez lida, é por iso que esas dez cartas son como unha especie de tesouro, un cofre cheo de palabras reveladoras e de luz onde tantas veces nos atopamos escuridade, como a que xorde das complexas personalidades de ambos. Nese fin das cartas agóchase un enfriamento da súa amizade, ata hai quen o vencella a unha relación homosexual entre ambos que, no caso de Melville, hai tamén quen atopa nas relacións homoeróticas de varios protagonistas da súas novelas. Nese mesmo ano Melville atópase coa falla de receptividade, tanto pola crítica como polo público da súa gran novela, e unha das cimas da literatura, Moby Dick, que fora publicada un ano antes co título de A balea.
As cartas deixan a evidencia da admiración de Melville por Hawthorne, un entusiasmo que semellaba non verse correspondido de todo, aínda que Hawthorne alabou Moby Dick, pero parecía manter sempre unha certa frialdade co autor de Bartleby, el escribiente o que se reflicte nas tres derradeiras cartas nas que Melville lle ofrece unha historia real como posible argumento para unha novela, as cartas Agatha, nas que se relata a historia dunha muller que rescata do mar a un mariñeiro que tras casarse con ela desaparece e regresa dezaseis anos despois. As cartas permiten entender o que lle preocupaba a Melville nunha historia: a elección do tema, o que cada personaxe podía achegar ao relato ou a construción da súa estrutura.

Pecha esta edición de poucas páxinas —valentemente traducidas por Carlos Bueno— pero cheas de intensidade, tres cartas dirixidas por Melville ao seus dous fillos nas que escribe, dende as súas viaxes polo Océano Pacífico, cruzando o Cabo de Hornos e vivindo diferentes situacións a bordo dun barco que reflicten outras viaxes feitas de mozo, cando aquelas travesías servíronlle para artellar un dos relatos máis famosos da historia da literatura, a historia da balea branca.

Escritas sen máis intencións que as de ter un desabafo cun colega, estas letras son feridas abertas ante as teimas dun escritor, tamén ante situacións da vida que moitas veces derivaban en relatos, en argumentos que deixaban de ser anécdota para converterse en algo lexendario. Cartas cheas de vida que sucaron os mares de dous océanos da literatura: Herman Melville e Nathaniel Hawthorne.

You can read Herman Melville's letters to Nathaniel Hawthorne (the few that have survived) here

Friday, January 27, 2017

Personal Correspondence: Maruja Mallo - Alfonso Reyes

Fonte da imaxe: http://www.epdlp.com/cuadro.php?id=2161
MOITO lle teño que agradecer a Anxo Vieites Salgado, o meu profesor de arte de COU. Non esquecerei xamais esas clases rigorosas e detalladas, coa arte como única protagonista, as obras maxistrais en filmina iluminando o salón de actos do IES Terra de Xallas: a ménade danzante, O chamamento de San Mateo, o matrimonio Arnolfini, o Partenón, as obras de Christo e Jean-Claude,... Saiamos da clase con síndrome de Stendhal e rematamos o curso coa sensación de ter vivido tanto!

Hai dez anos, volveu ensinarme, esta vez a través de miña irmá. Moito antes de que iso da clase invertida estivese de moda, as alumnas de arte prepararon unha exposición de mulleres artistas verdadeiramente ben feita e fascinante de ver. As rapazas, aparte de elixir as pintoras e as obras, facer o traballo de investigación, redacción e montaxe, eran tamén as guías, falando entusiasmadas de Frida Kahlo, Tamara Lempicka, e outras, entre elas tamén Dona Maruxa Mallo (1902-1995), unha feliz descuberta. Esa sensación de formiguiño ao ver por primeira vez os seus cadros enfeitizantes, cun aquel hipnótico que fai que non poidas deixar de miralos.

Seguinlle a pista a través dalgunha revisión da súa vida e obra como o programa de "Imprescindibles", vendo así a muller libre, independiente, talentosa, transgresora e anacrónica. Dicía que pintaba desde o asombro, desde a sede, desde unha sensibilidade profunda, e será por iso que cando miro a súa obra, se me desnuda a mirada e se me sincopa o corazón.

Quédavos aquí un estudo da súa correspondencia con Alfonso Reyes: trece cartas escritas sobre papel con caligrafía enrevesada, cartas que recollen as súas "pintorescas impresiones" en palabras de Alfonso Reyes, e que "despiertan en mí la viva emoción". Gozade!

Thursday, December 8, 2016

My Personal Correspondence: Víctor Ces


I am very moved and pleased to introduce my friend Víctor Ces, who is now 16 but whom I have known since he was nine years old. He has two great gifts: a vivid imagination and an extraordinary drawing skill. I think he was a pioneer in visual thinking, he can put almost any concept you can imagine - no matter how abstract- into a picture.

I am sure glad to have kept all the little notes and drawings he has been giving me all over the years, because they show the growth of a friendship and the evolution of an artist. 

Here you have a recent example of a drawing and small text he scribbled in a few minutes. Pure poetry!