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Saturday, February 2, 2019

Hands in Poems: Julio Cortázar



Caja fuerte

La llave de mi vida la guarda alguna mano.
La llave de la mano tiene por dueño el tiempo.
De la llave del tiempo se ocupan las mareas,
y en el fondo del mar, rodeada de medusas,
una llave sin nombre protege las mareas
y el riente esqueleto que antaño era mi vida.

Friday, October 12, 2018

Hands in Books: Julio Cortázar (VI)



Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Thursday, September 20, 2018

Postcards in Poems: Julio Cortázar (V)





Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.

Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.

Por ahí un papelito
que solamente dice:

Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Y este fragmento:

La lenta máquina del desamor
los engranajes del reflujo
los cuerpos que abandonan las almohadas
las sábanas los besos

y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo
ya no mirándose entre ellos
ya no desnudos para el otro
ya no te amo,
mi amor.

Wednesday, August 29, 2018

Hands in Poems: Julio Cortázar (IV)

Quizá la más querida 

Me diste la intemperie, 
la leve sombra de tu mano 
pasando por mi cara. 
Me diste el frío, la distancia, 
el amargo café de medianoche 
entre mesas vacías. 

Siempre empezó a llover 
en la mitad de la película, 
la flor que te llevé tenía 
una araña esperando entre los pétalos. 

Creo que lo sabías 
y que favoreciste la desgracia. 
Siempre olvidé el paraguas 
antes de ir a buscarte, 
el restaurante estaba lleno 
y voceaban la guerra en las esquinas. 

Fue una letra de tango 
para tu indiferente melodía.

Thursday, December 21, 2017

Words in Poems: Julio Cortázar (III)



Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.

Sunday, September 24, 2017

Hands in Poems: Julio Cortázar (II)




Si he de vivir sin ti, que sea duro y cruento,
la sopa fría, los zapatos rotos, o que en mitad
de la opulencia
se alce la rama seca de la tos, ladrándome
tu nombre deformado, las vocales de espuma, y
en los dedos
se me peguen las sábanas, y nada me dé paz.
No aprenderé por eso a quererte mejor,
pero desalojado de la felicidad
sabré cuánta me dabas con solamente a veces
estar cerca.
Esto creo entenderlo, pero me engaño:
hará falta la escarcha del dintel
para que el guarecido en el portal comprenda
la luz del comedor, los manteles de leche, y el
aroma
del pan que pasa su morena mano por la
hendija.

Tan lejos ya de ti
como un ojo del otro,
de esta asumida adversidad
nacerá la mirada que por fin te merezca.


Saturday, September 23, 2017

Books in Books: Tocar los libros


Es una maravilla coincidir con lectores/as en tu lugar de trabajo. Hablar con tus compañeros/as de libros es un tema de conversación interesante que nos permite ver a gente con la que trabajamos desde otra óptica, en una dimensión más cercana y personal. Cuando alguien nos recomienda un libro, es un acto de amor y generosidad: comparte con nosotros no sólo un texto, sino también una experiencia íntima. Los libros nos hermanan, son un territorio común:"las fronteras declaradas del país imaginario en el que nos movemos".

Me considero muy afortunada por haber tenido compañeros/as y alumnos/as que me hicieron buenísimas recomendaciones lectoras. Algunos de esos textos han pasado a ocupar los primeros puestos en mi lista de favoritos.

El CAFI no es una excepción, y gracias a Carmen Santás, Carmen Vázquez, Mari Vieites, Nacho Rodiño o Leo Mazaira, he hecho grandes descubrimientos literarios. Además, hay una iniciativa para compartir libros, y es en este espacio de intercambio, por recomendación de Leo, donde encontré una pequeña joya: Tocar los libros, de Jesús Marchamalo.

El libro comenzó siendo una conferencia que Marchamalo dio en Valladolid en 2001 y que luego publicó en forma de ensayo para los Cuadernos de Mangana que editaba el Centro de Profesores de Cuenca. Tres ediciones más tarde, llega el libro tal y como lo leí, enriquecido por una serie de ilustraciones cortesía de amigos del autor.

Marchamalo reflexiona sobre la evolución de la terminología que usamos para referirnos a los textos que poseemos. En algún momento dejamos de llamarles libros, "porque la palabra volumen entraña un cierto empaque cultural. A partir de cierta edad uno deja de tener libros, y empieza a tener volúmenes. O ejemplares." (p.22).

A través de las bibliotecas de Walter Benjamin, Pedro Salinas o Vicente Aleixandre, nos muestra cómo sus contenidos definen a sus dueños, nos informan de cómo somos, de nuestras pasiones e intereses "porque en todas las bibliotecas, incluso en las de gente fuera de toda sospecha, existe siempre una parcela de libros de difícil justificación" (p.24).

Una buena parte del texto está dedicada a la manera de organizar los libros, definiendo dos tipos de acercamiento: "los que mantienen un cierto orden en sus bibliotecas, y los que prefieren que los libros campen a sus anchas y acaben encontrando su propio lugar, con el resto que implica encontrárselos finalmente instalados en la bañera" (p.34). 

Entre los ordenados, tenemos a los del orden alfabético, editorial, cronológico, por tamaños o por colores. O bien, como Ortega y Gasset, que no sabemos cómo los ordenaba, pero "era perfectamente capaz de localizar cualquier libro en su biblioteca (tenía algo más de quince mil volúmenes), incluso sin estar presente" (p.38). Olé por Ortega.

Después está el problema del afán colonizador de los libros, que ocupan espacio y espacio de nuestras casas y que nos lleva a hacer expurgos dolorosos para mantener un número limitado (y manejable) de volúmenes. Interesante en este aspecto, el sistema de Hermann Hesse, que tomó "la determinación dramática de mantener en casa un cierto número de libros y únicamente ésos: cada libro que entraba en su biblioteca obligaba a otro a salir. Y para hacer más llevadero el trámite, ideó cuatro preguntas que le permitían determinar, sin remordimiento, de manera científica, cuáles eran los libros imprescindibles y cuáles no: ¿Necesitas el libro? ¿Lo quieres? ¿Estás seguro de que volverías a leerlo? ¿Sentirías mucho perderlo? Una sola respuesta afirmativa valía para mantenerlos, de otro modo resultaban irremisiblemente condenados" (p.41). Joseph Joubert era un poco más radical, "llegó a reducir su biblioteca drásticamente al arrancar de cada uno de sus libros aquellas páginas que no le agradaban, de modo que acabó conservando sólo las que le interesaban" (p.48).

Personalmente, comparto la visión de aquellos que consideran que "hay libros indispensables que nos obligan a poseerlos, a conservarlos para hojearlos de vez en cuando, tocarlos, apretarlos bajo el brazo. Libros de los que es imposible desprenderse porque contienen fragmentos de mapas del tesoro" (p.47).

El momento en que se lee un libro tiene también mucha relevancia, porque "los libros, como las personas, tienen sus momentos de encuentro que a veces hay que aprender a posponer. Son como piezas de un puzzle que encajan o no en un sitio preciso por mucho que nos empeñemos en que ocurra lo contrario" (p.58).

Las experiencias que comparte nos acercan a escritores/as que conocemos, como por ejemplo Süskind o Mallarmé, víctimas fatales de la desmemoria (como yo), ya que en ocasiones leían el mismo libro dos o tres veces sin darse cuenta prácticamente hasta el final, motivo por el cual Mallarmé "tomó la determinación en un momento de su vida de escribir al final de cada libro lo que le había parecido, y un pequeño resumen argumental, para evitar también relecturas involuntarias" (p.27).

Pero mi sección favorita del libro es, sin duda, la que dedica a los libros esguardamillados, donde analiza las manías y fobias de varios escritores. El término de "esguardamillar" lo relaciona con Dámaso Alonso, quien tenía una librería de las de escalera y que era reticente a prestar sus libros porque se los devolvían esguardamillados, lo cual era intolerable. "Por cierto, que es una palabra, esguardamillar, que aparece en el Diccionario de la Real Academia y que significa desbaratar, descomponer y descuadernar, lo que demuestra los sobrados conocimientos de Dámaso Alonso en lo tocante a los libros prestados" (p.66).  Esta sección habla de lo que es legítimo o no hacer con ellos: guardar objetos, subrayarlos, escribir en ellos, o la fantástica historia de Cortázar y su biblioteca deshojada, volandera. "Viajaba con su mujer, Aurora, a mediados de los años cincuenta, en tren, y para no cargar con equipaje innecesario, acostumbraban a comprar libros en las librerías de las estaciones, para los trayectos. Compraban un título que leían juntos, en general primero Julio, que cuando terminaba una página la arrancaba y se la pasaba a Aurora, sentada a su lado, que cuando acababa de leerla la arrojaba por la ventanilla" (p.71). Hermoso, ¿verdad?

Marchamalo, a quien Antonio Gamoneda bautizó como "el inspector de bibliotecas" por su hábito de investigar las bibliotecas ajenas, ha llegado para quedarse en la mía, espero que también llegue a las vuestras.

Friday, June 23, 2017

Personal Correspondence: Julio Cortázar - Alejandra Pizarnik

Julio Cortázar, escritor que llenó miles de corazones alrededor del mundo, tenía el fanatismo de escribir a sus amigos de una forma íntima y pasional. Sin tapujos, el argentino lograba saciar la necesidad de amor de los demás por medio de palabras, en las cuales alguien, siendo su amigo o no, encontraba paz.

Fuente: https://es.wikipedia.org

Alejandra Pizarnik fue una gran poeta argentina y amiga íntima de Julio Cortázar. Entre ellos se escribieron cartas con un valor emocional grande, ya que Julio ayudaba a sobrellevar las terribles depresiones que Alejandra vivía a causa de un problema de autoestima que sufría.

Fuente: https://es.wikipedia.org

Las cartas entre ellos pueden decir lo mucho que se querían y lo cercanos que eran, tratando siempre de tener en cuenta que la distancia no impide la intimidad.

A continuación reproduzco una carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik, que se recoge en esta entrada de blog.


París, 14 de julio (ALLONS, ENFANTS DE LA PATRE…) de 1965

Alejandrísima:

No estés enojada conmigo por este largo silencio. También los silencios atan y yo he visto más de cuatro paquetes de masitas atados con hilo negro; basta desmoronar el moñito para que aparezcan los merengues, los relámpagos y las religiosas, sin contar los horribles (3 fr. 25 les 100 gr.). Cosas así todos los días.

Bicho lejano, la semana pasada fuimos a Montmachoux a cenar con Laure y Philippe, y todo el mundo habló tanto de vos que yo traje otra silla y la puse por las dudas. Gracias a mi sistema de espionaje me he enterado también de que las socias del Club de las Piantadas (1) se reúnen en los cafés para acordarse de su amiguita de la calle Montesdeoka. Tu popularidad secreta (sic.) puebla las terrazas del barrio latino. Hay un pintor que firma Piza; otro, Arnik. Hay un cocktail que se llama Alexandra. Un infame plagiario llamado Hesiodo ha publicado un libro que se titula “Los trabajos y los días”. En el patio de casa, debajo de la pawlownia, juega una gatita negra que imita tu manera de abrir grandes los ojos. Ya ves que no te pudiste ir.

Y entonces, mientras nosotros estábamos en nuestro ranchito de Saignon (que todo el mundo llama Saigón para ofendernos y vilipendiarnos), llegó a París tu libro (2), y lo encontramos hace diez días cuando tuvimos que volver para trabajar en la Ionesco. Aurora lo leyó de un tirón, y no te escribió todavía; yo lo leí anoche despacito, con coñac y una pipa, y ahora te escribo. Vos sabrás valorar los méritos respectivos de estas conductas.

Es muy difícil no ser idiota en una carta, cuando uno es lo que es y nada más. Hace años que me revienta convertir una carta en una especie de reseña para uso privado del autor. A lo mejor todo lo que me da tu libro es preferible insinuarlo con palabras sueltas o con dibujos. Dibujos no sé hacer; palabras sueltas sí:

Cafard

mandrágora

farol

unicornio

polilla

hueco (tan lleno, tan lleno)

Me dolió tu libro, es tan tuyo, sos tan vos en cada línea, tan reticentemente clara, tan por debajo y por adentro. ¿Conocés el sistema que consiste en hojear un libro e ir citando versos o pasajes, con algún comentario o elogio o censura? A mí no me gusta. Pero te voy a decir: lo que siento es lo mismo que frente a algunos (muy pocos) cuadros o dibujos surrealistas: que estoy del otro lado por un segundo, que me han hecho pasar, que soy vos, que estoy colgando de la punta de la tela como una de esas arañas rojas que hay en la Provenza y que tienen, parece, alianza con lo Oscuro. Ahora sé (ya lo sabía, pero ahora lo sé de alguien que está vivo, cuya mejilla he besado alguna vez) que todo o casi todo puede ser dicho en muy pocas palabras. Cada poema tuyo es el cubo de una inmensa rueda. Otros hacen la rueda entera, y hay que ver cómo se atasca en las cunetas; vos dejás que la rueda sea otra cosa, algo que unos pocos ven dibujarse mucho más allá de la página. Y entonces Ben Hur gana con sus ruedas de aire que dejan atrás todas las ruedas de roble y bronce. Tus poemas me parecen pequeñísimos grabados, o mejor todavía cilindros babilónicos, y un día cuando vengas a ocupar esa silla que puse para vos y que siempre pondré en casa y en todas las casas y hasta en los ómnibus y en los pararrayos, entonces te llevaré al Louvre para mostrarte un cilindro que descubrí hace poco, en la sala etrusca, y que no es en absoluto un cilindro etrusco entre otras razones porque los etruscos nunca tuvieron cilindros esos atrasados de mierda, pero el conservador o el radical del Louvre lo ha puesto en la sala de los etruscos de puro cronopio que es, o porque no queda lugar entre los cilindros babilónicos. Y te lo mostraré, y darás grandes saltos.

Recibí hace varias calendas una carta tuya que después se me perdió gracias a un hespléndido hacto fayido, porque me pedías colaboración para no sé qué colección ornitológica o ictiológica (¿Cormorán y Delfín? ¿Tía Vicente?) (3). Desde luego no tengo nada para mandar, como no sea la cuenta del albañil que nos agregó una pieza a la casita de Saigón y que nos dejó tecleando por varios meses, el muy artesano. Si me pagan esa cuenta, se las dejo publicar; tiene unas faltas de ortografía muy decorativas, y en cierto modo es un acto letrista. La mejor parte es donde dice:


Sf. S.V.P., à raison de… 45, 67 fr., à valoirsur ch.p.,

soustrait de 54,25 fr. pour des imp. colmatés… 456,27 fr.


Hacía mucho que no leía un poema tan ceñido. Ni tan caro.

Qué bonita la edición de tu libro. La tapa me dejó maravillado. ¿La hiciste vos misma? No es nada frecuente que en Buenos Aires salgan libros tan cuidados y con un papel y unas tintas tan buenos. El azul es hermosísimo, y la erótica viñeta (ya sé, ya sé, pero es así, cada uno ve lo que puede) me parece perfecta. Te discuto un poco el título; no me acaba de gustar. Será quizá porque toda mención del trabajo me estremece.

Pocos serán los elegidos por tu libro, me temo. Pocos habrán vivido en la dimensión que permite encontrar tanto con tan poco —aparentemente— correlato verbal. No es que yo tenga nada contra los poemas largos (los Olga, por ejemplo, son maravillosos, y tengo que escribirle sin falta uno de estos meses; lo haré desde Saigón, decíselo si la ves; tardé mucho en leer su libro, por esas cosas, pero ahora sí, ahora es mío y me ha dado todo lo que tiene, creo, y me ha hecho muy feliz, a mi manera de ser feliz, y a la manera de ella, of course; nos entendemos). Sigo: no es que yo tenga nada contra los poemas largos, pero siempre hay como un milagro en un gran poema breve. (Esos hai-kai, a veces, o Natalia Crane, o Char, a veces, o Juarroz).

Aurora está grillando un bifacho, y llega el bálsamo hasta mi hestudio. ¿No te parece una noticia sensacional? La gatita negra acaba de ver una paloma en la pawlownia y se ha trepado como una loca a ver si la chapa. Debo admitir que en este momento no se te parece nada. Yo puedo verte muy bien persiguiendo palomas pero seguro que pondrías una buena escalera contra el tronco y te ajustarías un paracaídas. La paloma emprendió el vuelo, como dicen ahora por tus pagos.

No me guardes rencor (¿cómo podrías? ¡Imposible!) y escribíme. Mi silencio, diría Binetti, es una operación cósmica por la cual las begonias se convierten en miel. Pero ahora que lo pienso nunca vi una abeja en una begonia, seguro que les repugna.

Te quiero mucho,


Julio


Y os dejo también dos joyas de Alejandra Pizarnik:


LA JAULA

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.


SOMBRAS DE LOS DÍAS A VENIR

a Ivonne A. Bordelois

Mañana
me vestirán con cenizas al alba,
me llenarán la boca de flores,
Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración
de un animal que sueña.

Friday, April 15, 2016

Letters in Poems: Julio Cortázar (I)

Es curioso que si buscamos biografías de Julio Cortázar (1914-1984), aparece mayormente catalogado como escritor, profesor y/o guionista, y no como poeta. Es más, Julio Ortega, profesor de la Universidad de Brown, describió sus poemas como "candorosamente malos".

Aún no he leído ninguna de sus novelas (Rayuela es la más conocida, aunque Cortázar la llamaba "contranovela"), ni tampoco sus obras del género "almanaque", mezclando narrativa, crónica, poesía y ensayo; sí conozco su poesía, que parece que para él también era importante, pues no dejó de cultivar este género y se refirió a la poesía como "una piedra de afilar, prepara siempre alguna cosa para el combate de adentro o de afuera" (J. Cortázar, “De un tiempo a esta parte muy impactados”, en Poesía y poética. Obras completas. IV. ed. de Saúl Yurkievich, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, p. 680)

A continuación incluyo uno de sus poemas, también una carta.



Una carta de amor

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.